¿Quién fue Leopoldo?
- Bere Carbajal

- hace 7 días
- 3 min de lectura
8 de enero de 2025, 11:43 de la noche.
Escucho tu respiración.
La he escuchado tantas veces que podría reconocerla entre miles. Sin embargo, esta noche la escucho de otra manera. Como quien intenta memorizar una canción antes de que termine.
Mañana será un día difícil.
Lo sé.
Tú no.
Y por primera vez en casi quince años me alegra que no lo sepas.
Mientras estás acostado a mi lado, haciendo esos pequeños ruidos que siempre haces cuando sueñas, yo intento pensar en cualquier cosa menos en la palabra linfoma.
Intento no preguntarme qué significa.
Intento no preguntarme de dónde vino.
Intento no preguntarme si pude haber hecho algo diferente.
Porque esta noche no quiero escribir sobre una enfermedad. Quiero escribir sobre ti.
Quiero responder una pregunta que parece sencilla y que, sin embargo, me ha tomado toda una vida comprender:
¿Quién es Leopoldo?
Empiezo por donde empiezan todas las historias importantes.
El día que llegaste.
Eras tan pequeño que la banqueta te parecía una muralla. Tan diminuto que cabías en mis manos.
Y, sin embargo, desde entonces ya eras tú.
Terco.
Curioso.
Convencido de que el mundo entero estaba esperando a que fueras a explorarlo. Nunca entendiste que eras pequeño. Tal vez por eso jamás le tuviste miedo a nada.
Ni a los perros grandes.
Ni a los desconocidos.
Ni a la vida.
Mucho menos cuando se trataba de defender a tu mamá.
Todavía me causa ternura pensar que un cuerpo de poco más de nueve kilos escondiera semejante cantidad de valentía y un carácter que asustaba a muchos.
Tú no caminabas por la casa.
Patrullabas.
No dormías.
Vigilabas.
No acompañabas.
Protegías.
Había algo en ti que siempre estaba atento a mí. Como si me hubieras adoptado tú a mí y no al revés.
Muchos años después entendí que la seguridad tiene formas extrañas.
A veces mide treinta y cinco centímetros.
Tiene ojos color miel.
Es de color blanco con café.
Y duerme abrazado a una pelota.
Las pelotas.
Qué manera tan seria tenías de tomarte ese asunto.
Podías pasar horas buscándolas.
Robándolas.
Escondiéndolas.
Acumulándolas como si fueran tesoros.
Todavía me pregunto qué pensabas cuando llenabas tu camita con ellas. Tal vez estabas construyendo tu propio reino. Y tú eras el rey.
También descubrí cosas que nadie me enseñó sobre ti.
Que el azul era tu color favorito.
Que amabas el agua aunque nunca aprendieras a nadar.
Que disfrutabas los baños mucho más de lo que estabas dispuesto a admitir.
Que la ropa te parecía una ofensa personal.
Que un pedazo de pollo podía convertir cualquier día ordinario en una celebración.
Y descubrí algo más importante. Que el amor puede tener cuatro patas. Porque eso fuiste para mí.
No una mascota.
No un perro.
Fuiste una compañía.
Fuiste mi hijo.
El primero con quien compartí muchas cosas.
El que me enseñó que cuidar a alguien también significa aprender a poner sus necesidades por encima de las propias.
El que me enseñó que un hogar no es un lugar.
Es una presencia.
Y ahora que te escucho respirar, cansado, pienso en todas las promesas que nos hicimos sin palabras.
Yo te prometí cuidarte.
Tú me prometiste acompañarme.
Los dos cumplimos.
Casi quince años.
No está mal para una promesa hecha entre una mamá y un cachorro.
Por eso mañana no será una traición.
Será el último acto de amor que puedo ofrecerte.
Porque amarte también significa no pedirte que sigas luchando cuando ya estás cansado.
Tus ojitos me lo dicen.
Tus patitas me lo dicen.
Tu pancita me lo dice.
Tu respiración me lo dice.
Y yo, que te conozco mejor que nadie, decidí escucharlo.
Si alguien me preguntara quién es Polo, podría hablar durante horas.
Podría contarles de las pelotas.
De los berrinches.
De tu carácter imposible.
De los paseos y la manipulación con la pechera.
De tu valentía ridícula y maravillosa.
De todas las veces que te creí invencible.
Pero creo que al final respondería algo mucho más sencillo.
Polito es amor.
El más noble que he conocido.
El más leal.
El más puro.
El amor que llegó a mi vida un 17 de abril de 2010 para enseñarme quién podía ser yo cuando alguien dependía completamente de mí.
Y aunque mañana tus pulmoncitos descansen.
Y aunque mañana tu corazón deje de latir.
Y aunque mañana tenga que aprender a vivir sin escucharte caminar por la casa.
Seguirás siendo tú.
Mi chaparrito.
Mi guerrero.
Mi príncipe azul.
Mi lugar seguro.
Mi pedacito de cielo.
Y el gran amor de mi vida.
Por eso escribo esta noche.
Porque tengo miedo de olvidar algún detalle.
Y porque quiero que quede constancia de algo.
Exististe.
Te llamaste Leopoldo.
Nunca te definirá un linfoma tipo T en etapa III.
Te definirán tu fortaleza, tu integridad y la valentía con la que te marchaste.
Con todo el amor y el respeto de la gente que te amó.

Beeglez 🫀



Comentarios