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Eutanasia para un corazón roto.

  • Foto del escritor: Bere Carbajal
    Bere Carbajal
  • hace 7 días
  • 2 min de lectura

Qué curioso que el corazón sea el único órgano al que le permitimos exagerar.


A una persona con una pierna rota le ponemos yeso, a un pulmón cansado le damos oxígeno, pero cuando el corazón decide rendirse por amor, le decimos que “se le va a pasar”.


Qué conveniente. Como si el dolor emocional tuviera fecha de caducidad y no fuera también una enfermedad con síntomas bastante incómodos: insomnio, recuerdos involuntarios, hambre que desaparece, ganas de desaparecer y esa molesta sensación de que el mundo sigue funcionando aunque el tuyo se haya detenido.


Dicen que existe el síndrome del corazón roto. Una condición real donde el cuerpo imita un infarto porque aparentemente hasta las células son unas románticas dramáticas. El corazón, ese pequeño músculo con complejo de poeta, decide decir: “ya no puedo más”, y manda señales de emergencia como si hubiera descubierto que el amor también puede ser una enfermedad.


Entonces aparece la pregunta incómoda:


Si una enfermedad física puede llevar a alguien a pedir descanso, ¿qué pasa cuando la enfermedad está en el alma?


La eutanasia siempre habla de dolor, pero pocas veces hablamos del dolor que no sangra. Del cansancio de una persona que no quiere morir porque odia la vida, sino porque siente que la vida se convirtió en una habitación donde ya no reconoce a quien está adentro.


Qué ironía tan humana: pasamos años intentando sobrevivir y cuando por fin encontramos algo que amamos, descubrimos que también nos puede destruir.


El amor tiene esa mala costumbre de llegar prometiendo eternidad y después comportarse como si nunca hubiera firmado contrato. Es el único desastre del que guardamos fotografías y al que llamamos “los mejores años de mi vida”.


Quizá por eso la muerte nos parece tan fascinante. Porque al menos ella es honesta. Nunca promete quedarse.


Pero tal vez el verdadero problema no es querer morir por un corazón roto. Tal vez el verdadero problema es que nadie nos enseñó qué hacer cuando el corazón sigue latiendo después de romperse.


Y ahí estamos: tomando café, contestando mensajes, pagando cuentas, sonriendo en fotos, mientras internamente hacemos una pequeña ceremonia fúnebre por todas las versiones de nosotros que tuvieron que morir para seguir aquí.


La muerte tiene humor negro: se lleva a todos, pero nunca tiene prisa.


Y el amor tiene uno todavía peor: nos convence de que encontramos algo eterno, para después enseñarnos que incluso lo eterno puede terminar.




 
 
 

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