Las contradicciones de aceptar la vida

Empecé “Amor Fati” de Casimiro Ruiz con muchas expectativas. Desde la introducción promete una idea poderosa: aprender a amar el destino. Habla de Marco Aurelio escribiendo en medio del caos, de Epicteto encontrando libertad incluso siendo esclavo y de Nietzsche invitándonos a decirle sí a la vida. Hasta ahí todo parecía tener sentido. El problema comenzó cuando me pregunté si realmente debemos amar todo lo que nos ocurre.
Entiendo la idea de que el dolor forma

parte de nosotros. Sería absurdo negarlo. Las pérdidas, los errores y las heridas terminan moldeando quiénes somos. Pero hay una diferencia enorme entre aceptar que algo ocurrió y pensar que debemos abrazarlo sin resistencia. No todo lo que la vida nos da merece quedarse. Hay situaciones de las que uno tiene que salir, personas de las que uno tiene que alejarse y dolores que no desaparecen únicamente cambiando la manera de pensarlos.
Una de las primeras frases que me hizo detenerme fue: “Cuanto más te resistes, más sufres; cuanto más te rindes, más paz encuentras.” Ahí dejé de asentir. Porque, ¿rendirse a qué? Si una persona vive violencia, abuso o una relación destructiva, ¿la paz está en rendirse o en luchar por salir? Hay resistencias que nos destruyen, pero también hay resistencias que nos mantienen vivos.
Más adelante aparece otra idea: “Cuando uno se queja de una situación y no la cambia, la está aceptando. Quejarse sin actuar es otra forma de rendirse.” Entiendo la intención. Existen personas que esperan durante años que alguien más resuelva su vida. Sin embargo, esa frase también simplifica una realidad mucho más compleja. No todo aquello de lo que nos quejamos depende de nosotros. Hay personas que viven con enfermedades crónicas, pobreza, violencia, discapacidad o condiciones que limitan profundamente sus posibilidades de actuar. Decir que no cambian porque el dolor “no les duele lo suficiente” puede convertirse, sin querer, en una forma de culpabilizar a quien ya está sufriendo.
Otra idea que se repite constantemente es que el dolor es un maestro, que aquello que parecía ahogarte en realidad te estaba enseñando a nadar. Es una imagen poderosa, incluso esperanzadora, pero también peligrosa cuando se convierte en una verdad absoluta.
No todo dolor enseña.
Hay dolores que simplemente duelen.
Como psicóloga, me cuesta aceptar la idea de que el sufrimiento, por sí solo, nos convierte en mejores personas. Si eso fuera cierto, quienes más han sufrido serían siempre los más sabios, los más empáticos o los más fuertes. La realidad demuestra otra cosa. El dolor puede transformarte, sí. Puede hacerte más consciente, más resiliente o más compasivo. Pero también puede dejarte con ansiedad, depresión, miedo o heridas que tardan años en sanar. El crecimiento no está garantizado por el sufrimiento; depende de muchos factores y, sobre todo, del proceso que cada persona logra construir con esa experiencia.
Por eso me pregunto si de verdad necesitamos atravesar el infierno para convertirnos en una mejor versión de nosotros mismos. ¿Es indispensable tocar fondo para aprender a vivir? Quisiera creer que no. También se aprende desde el amor, desde la estabilidad, desde vínculos sanos y desde la tranquilidad. Si únicamente el dolor enseñara, entonces la felicidad sería estéril. Y no creo que vivir en paz nos haga menos sabios.
Hay otras frases que, aunque suenan motivadoras, también me dejaron dudas. Por ejemplo: “El dinero llega cuando eres el mejor en lo que haces.” Pensar eso invisibiliza a miles de personas extraordinariamente talentosas que viven con dificultades económicas, y también a otras que alcanzan el éxito sin ser necesariamente las mejores. El esfuerzo importa, pero también importan el contexto, las oportunidades, los privilegios y, muchas veces, el azar.
Quizá mi mayor conflicto con el libro no está en el concepto de amor fati, sino en la forma en que muchas ideas se presentan como certezas. La experiencia humana rara vez funciona así. No todos vivimos el dolor de la misma manera, no todas las pérdidas esconden una lección y no todas las heridas terminan convirtiéndose en fortalezas.
Vivimos en una época donde abundan las frases breves, contundentes y fáciles de compartir. El problema aparece cuando dejamos de cuestionarlas. No porque una idea sea inspiradora significa que sea universal. No porque alguien sea un filósofo reconocido o publique un libro quiere decir que todas sus palabras deban instalarse en nuestra mente sin pasar antes por el pensamiento crítico.
Leer también implica dialogar con el autor. Implica detenerse, preguntarse si aquello que dice coincide con nuestra experiencia, con la evidencia o con la realidad que observamos. No todo debe aceptarse literalmente, ni todo tiene que hacerse propio.
Con todo, Amor fati también me dejó frases valiosas. Me gustó la importancia que le da al diálogo interno, a tratarnos con respeto y a entender que todos estamos improvisando esta única vida que tenemos. Esas ideas me parecen profundamente humanas.
Pero me quedo, sobre todo, con una conclusión distinta a la que esperaba encontrar. No cuestiono el mensaje de amar la vida con sus luces y sus sombras. Cuestiono la idea de que todas las sombras tengan un propósito, que todo sufrimiento nos haga mejores o que toda pérdida sea un regalo disfrazado.
A veces el dolor no viene a enseñarnos nada.
A veces sólo nos toca aprender a vivir con él.
Y quizá el verdadero aprendizaje no sea aceptar cada frase que leemos, sino desarrollar el criterio suficiente para decidir con cuáles vale la pena quedarse.



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